Un maratón en sí, para cualquier persona que guste de correr distancias largas, es un reto que no se puede enfrentar solo una vez. Si realmente se disfruta el correr y los retos de largo aliento, una vez terminado tu primer maratón ya estás pensando dónde o cuándo correrás el otro. Ahora, si ese maratón es en Nueva York, solo te preguntarás cuándo, por que el dónde ya sabrás que será de nuevo en esa maravillosa ciudad, al menos en mi caso y lo demuestran mis tres maratones en la gran manzana de los cuatro que ya he logrado.
Este año iba con todo, me preparé el doble, entrenando para el de Panamá que resultó un entrenamiento más y luego haciendo el trabajo específicamente para Nueva York. Mis intenciones?? Bajar de las 4 horas, que aunque lo había hecho (Paris 2004, 3:57) en NY resulta todo un reto por lo difícil de la ruta y por lo significativo de ese maratón para mi. Este año la organización nos recibió con una nueva logística, tres oleadas en la arrancada. A mi me gustó, por varias razones: se despeja más la vía y cada quien puede salir a su ritmo sin el apretujón de los demás corredores corriendo a diferentes velocidades, la llegada al punto de partida puede hacerse más cerca de la largada acortando la espera y el frío que ello conlleva, y la mejor parte, en mi caso siendo un corredor no muy rápido, nos dio la oportunidad de estar en la salida por el corral azul y pasar por el piso superior del puente Berrazano.
Me sentí todo un élite, partiendo casi en la punta del grupo, me tocaba salir en el primer corral de la tercera oleada, el más rápido de los más lentos. Cumpliendo con todo el mismo protocolo que con la primera arrancada, el cañonazo y la voz eterna de Frank Sinatra, arranqué con el corazón en la boca, no por unas rápidas pulsaciones si no por la emoción de estar allí por tercera vez, pensando en lo afortunado que soy en tener una familia que me apoya y me permite vivir estas locuras, y no solo eso las comparte conmigo y me estarían esperando en diferentes puntos de la ruta, pensando en mis padres y hermanos que sé estaban pendientes de mi carrera y mis amigos en Caracas y Panamá igualmente pendientes, en fin… epa eso es una lágrima? No, es una basura que me cayó en el ojo con la fuete brisa que pega en la parte de arriba del puente, que emotiva la vaina.
Bueno allí salimos y con la emoción se me olvidó la estrategia solo seguí a mi cuerpo y le di la velocidad que emocionalmente pedía y también el frío. Tal vez arranqué muy rápido, no tal vez, en efecto así lo hice, pero no me arrepiento, me sentía bien y decidí retar a mi cuerpo a ver si podía mantener esa velocidad los 42,195 kilómetros, no a lo loco, monitoreaba mi ritmo cardíaco y todo indicaba que estaba en orden y así lo fue hasta cruzar la línea de meta en lo que a ritmo cardíaco se refiere.
La ruta como siempre, sin dejar de impresionarme, de animarme, la gente gritando como si cada uno de los corredores fueran sus hermanos, primos o esposos, el público literalmente deja la garganta en la calle de los gritos que dan, que emoción!! Allí llevé esa sensación por 21 kilómetros, recargada con el empujón emocional que me dio mi familia en la milla 8, mi hija, mi esposa y mis cuñados y Paúl que dormía plácidamente. El ritmo no bajó y no quise hacerlo, solo en la mitad del recorrido apareció un síntoma que confirmaría que al final no lograría mi tiempo esperado. La inserción de la banda iliotibial en la rodilla izquierda empezó a doler, era un dolor de músculo tenso, como el que se queda contraído y no quiere relajarse, era leve y pensé que desaparecería como lo hizo el del tobillo subiendo el puente al arrancar después de entrar en calor. Pero no, allí se quedó hasta el kilómetro 30, que se fue, creo que más por el trabajo de la mente que por la relajación del músculo, lo que confirma que esto, mi hermano, se termina con la mente y el corazón no con los músculos.
La bajada del puente Queensboro fue todo un suplicio, ya que al bajar, la carga sobre la rodilla se sintió mayor y el dolor se incrementó, ya empezaba a bajar el paso. Me encontré a Grimaldi y nos dimos apoyo mutuo. Un poco de anestesia, la entrada a la primera avenida en Manhattan, no deja de sorprender el poder del ánimo de la gente, no tengo más palabras!!! Por la calle 86 había quedado con mi familia de vernos, pero era una locura, ni deseaba que estuviesen allí por ellos, era una masa humana apretujándose, claro que por mí si hubiese sido fabuloso verlos, pero me hice a la idea que los vería en la 86 con quinta, en los 40 kilómetros, parte más importante, y así fue. Se terminó la anestesia, y a luchar con el dolor hasta ya pasado el Bronx y de vuelta en Manhattan, “voy de bajada” dije.
No es bajada, más bien subida hacia la entrada en Central Park, pero contrariamente, para el dolor que tenía la subida me favorecía, no me dolía pero claro el ritmo cayó estrepitosamente. El ánimo seguía igual, y más aun después de la recarga en la entrada al parque cuando de nuevo vi a mi familia, esta ves era Oriana la que dormía y el pequeñín me vio con una cara que parecía preguntarse, que está haciendo mi papá? También me lo pregunté yo varias veces. Solo una milla, baja más aun el paso, ya quería terminar, me doy cuenta que tengo que trabajar esta parte, mantener el paso en las últimas dos millas, tal vez solo si puedo contar con el ánimo de un venezolano que, al día de hoy no se quien es, pero al ver mi banderita en la camisa me grita “vamos Venezuela, pégate conmigo, vamos a apurar, ya estamos terminando”, aceleré como no me hubiese imaginado, gracias pana, luego se devolvió a buscar a dos chicas más con el mismo cantar, qué ánimo llevaba ese tipo en los últimos metros. En fin ese acelerón ayudó a que el tiempo no fuera peor y hoy en día me sienta orgulloso de mi cuarto maratón y mi tercero en la gran manzana.


